lunes, 27 de febrero de 2023

maría paz valdebenito / tres poemas










Parábola de la interrogación

*

Inseguro el camino 
como un trapecista ocultando sus vértigos. 
De pronto la memoria: 
estanque al que caen piedras  
de colinas que nunca se miran a la cara. 
 
Distraídos planetas  
giran alrededor  
de una cuerda trepada por la melancolía del páramo. 
 
Nuevamente el invierno 
y el mar lejos 
calculando la altura de sus olas. 
 
Veinte veces pirata 
setenta veces timón  
e infinitas veces espadas  
desafiando al insistente miedo, 
parásito que pudre la carne calurosa del durazno. 
 
El miedo todo lo estropea 
como un borracho torpe 
que sin querer pasa a llevar  
las cosas que están a su lado. 
 
¿Qué hacer ante la imperecedera interrogación, 
llena de supersticiones  
como una larga noche de San Juan? 
 
Sucesivas hojarascas 
temporal de espanto. 
 
¡Vengan!  
 
Llévense todos estos pensamientos 
que me acechan como la mirada penetrante 
de aquel que adivina un secreto. 
 
Desamuebladas quedarán las ideas 
y las cordilleras  
amenazarán a las planicies  
con su pálido relieve. 
 
¿A dónde huir? 
¿En qué parte encontrar   
segundos que duren para siempre? 
 
¿Cómo adquirir la lucidez del ciego? 
 
El dolor es parte de la paz 
por eso asumo estos días tristes con paciencia 
y no con la desesperación del endeudado 
aun así caen 
caen los granizos  
sobre anchas baldosas. 
Me resbalo sin darme cuenta  
me levanto  
otra vez la caída 
y toda respuesta galopa hacia mí 
como un jinete  
que en vez de llegar a su destino 
retrocede dejando tras su paso  
la humedad de la niebla. 
 
El tarotista distribuirá sus cartas  
y yo elegiré un arcano mayor  
en el que el sol estará vestido de negro 
y negra dejará de ser la oscuridad 
cuando comprendamos que ella  
también es parte de la luz. 
 
¿En qué idioma se le habla a la muerte? 
 
Recojo un cilindro de hielo 
que se derrite en mi mano 
y de pronto es como si mi mano lloviera 
y yo-viera la profundidad de las cosas 
a través de la transparencia del agua. 
 
Retornan pausados arpegios 
a un violonchelo lejano 
y en el pentagrama del olvido  
se borran las armaduras 
las notas musicales 
sin tegua el gran vacío 
y toda geometría es un hexágono hueco 
que al ser pisado se rompe de inmediato. 
Cada arista se funde con la arena 
de una playa a la que van a dormir las gaviotas. 
 
¿En qué tono se le habla a la muerte? 
 
¿En qué espejo la verdad enfrenta a su semejanza? 

~

Secretos de juventud

*

Es triste entrar al supermercado del barrio 
y advertir que amigos de la adolescencia 
con quienes se creyó 
en la confianza y la libertad 
sean hoy los guardias que de reojo 
te persiguen por los pasillos 
desconfiando de cada uno de tus movimientos.

~

¿Libros y poemas tus hijos comerán?

*

                        Las viejas casas no son eternas. 
                                                        C. Kavafis 

Hace tiempo  
esta casa dejó de ser mi hogar. 
Mi único rincón en ella es el silencio. 
 
Quisiera salir a las calles 
sin temerle a la noche, 
hacer de la sombra de un árbol  
mi residencia permanente. 
 
Pero cobarde soy, 
un laberinto abandonado en el desierto 
alguien que se resiste a la adultez 
tal como un perro se resiste  
a salir al patio cuando sus amos lo echan. 
 
La eterna cesante  
que siempre regresa a casa  
con las manos sucias, pero vacías. 
 
Vacía también a veces la mirada 
en esta mudanza permanente que es la vida, 
en la que asumo mi material mediocridad. 
 
Pues sí  
mediocre soy, 
me conformo con poco 
no me entusiasma la abundancia 
ni seguir el mandato de una ley 
que no es más que un canto  
sin nadie que lo cante.  
 
Ladrona de misterios 
que hunde estrellas en el agua 
una ola arrancada de altamar, 
la muerta de hambre 
que escribe poemas sobre la mesa para alimentar su fe. 
 
        ¿Eso acaso le darás de comer a tus hijos cuando seas madre, 
        fe e inútiles misterios que no son más que otro invento tuyo? 
 
         ¿Libros y poemas tus hijos comerán? 
  
          ¡Mejor levántate de tus pensamientos y trabaja! 
          ¿Qué harás,  
          perdida hija,  
          cuando yo y tu padre ya no estemos? 
 
El fuego se apaga 
y una vez más 
no hay árbol cerca que me pueda dar leña. 
 
Después de esas ingratas preguntas 
miro a mi madre  
como un mendigo  
que en vez de pedir dinero 
pide un abrazo y comprensión. 
Lentamente 
el fulgor de mis sueños se apaga. 

***
María Paz Valdebenito (Santiago de Chile, 1987)
Fotografía de Lorna Remmele

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