viernes, 29 de diciembre de 2017

javier bello / la jaula de las hojas de té










En esto me pasé todo el verano, viendo llover sus rostros con olor
a humedad.
De vez en cuando todavía me sumerjo en sus ojos.
Los huesos son minerales, puedo ver.
Esto es lo que esperaba.
No la carta de la mentira,
no las patas del león,
no los agujeros sin calma,
sino estos enseres que nacen de sus rodillas,
huecos y plumas, un pájaro dado vuelta al revés
que sirve para adivinar y cantar alabanzas,
los animales delgados del jardín, los tallos finos
de la premonición.

Esto es lo que veo y lo que puedo decir,
entro en una cabeza y provengo de todas.
Sus miradas no me ven, yo los veo por dentro.
Esta es mi jaula, soy el buceador de personas
y no puedo evitar tener piedad de toda esta selva de sangre,
de todas las redes de pesca que atrapan mariposas de lluvia.

Es la hora del té, y sé que ese sol es el hambre.
Intento ver las cosas y dibujarlas en mí,
estoy adentro de todos estos muebles callados,
de todas estas armaduras que tienen un nombre
y palpitan para decir que son nada.

Mientras sujeto el hilo que alimenta la mitad del cerebro
y el aerolito solo de la culpa, inútilmente unidos
la vena seria de voz ronca cecea y balancea
la otra mitad del cerebro que se ahoga,
la otra mitad que se hunde y no conozco
y no quiero tener.

Cuando hay naufragio adivinar la forma del cuerpo es difícil,
sostenerla en la mano peor.
Mejor aceptar la desnudez que este hilo que se adultera tantas
veces como le es posible, articular una fuerza distinta a la de la
materia sobre la misma materia
y verla aparecer con constancia,
hacer pesar la luz, pero no derramarla.

El límite es el uso callado de esa filtración en el aire,
una grieta en las listas de desaparecidos,
una última pequeña quebrazón en las tinieblas.

No hay que llorar por estas personas fijas ni por aquellas que
encarnan,
no conocen la lluvia, dicen, pero yo sé que mienten
y arañan una mano que hay detrás del sol.

Ya no sirve hacer ruidos en esta oscuridad
si la tierra es negra en todas partes
y alimenta con muerte a los muertos
y a los vivos con la tierra de una sola flor.

Es la hora del té, éste es un discurso para que yo hable a la hora
del té.
Pido permiso para pasar y sentarme en sus huesos
y pulsar lentamente la espiral hasta que vibren sus miedos
y huyan las palomas de lo concreto para no competir
con la abstracción redonda de los mamíferos muertos
que se incendian a orillas de la beatitud.

Conozco el peso de todo lo que hay como de aquello que aquí no
se encuentra,
presencia y ausencia dibujan por igual la elipse de mis dominios,
toda su intrépida aritmética,
y no celebraré el atardecer con otro alimento que no sea la
tristeza.

Es difícil hablar cuando ellos caminan hacia ninguna parte,
la loza quebrada es más sonora que el mar
si confundo los elementos con tanta perfección
en cada oficina de la lluvia.

Yo hablo en la oscuridad como aquél que fue esclavo,
mis dominios son tristes, el viento entra a silbar a las salas,
en las manos ellos se reparten monedas
que sólo mi alma puede devorar.

Esta vez me sumerjo como un ídolo grave
allí donde las piedras se despojan del vuelo
y animadas por la pura costumbre de su imán
dejan caer los pájaros al plato.

Hay que escuchar más hondo, hay que escuchar,
estos ruidos se van quebrando de a poco.
Si agito el hilo y se quema con la velocidad que crece la mentira
del ojo cae una luz que me espera,
pues yo soy sólo un vaho brillante que se acerca a nombrarme,
un puñado de polvo que sostiene la seda con que se prueban las
decapitaciones.

Es la hora del té y los comensales se aduermen acodados al
borde de la mesa.
Pido permiso para pasar.

***
Javier Bello (Concepción, 1972)

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