miércoles, 16 de septiembre de 2020

richard gwyn / cinco poemas













El Poeta en Samos

*

Éstas son las cosas que dejaste atrás:
un boleto viejo de bus para un lugar con nombre ilegible,
un montón de archivos gubernamentales de distintos regímenes,
una pila de rocas, un ejemplar de Cavafis, muy usado.
No sé cuántas veces comiste aquí,
al lado de la ventana que da al mar. No sé
si el postigo te mantuvo despierto a la noche
cuando golpeaba ignorado contra la pared, o si,
como dijiste, fue una especie de consuelo.
Leyendo Paréntesis vuelvo a ver de qué manera
el mundo se convirtió en un apéndice de tus poemas,
tus poemas en un apéndice del mundo.

Éstas son las cosas que inventaste, aun
cuando, a su vez, te inventaron a ti. Nada era inanimado.
Convertiste cada movimiento de la cabeza,
cada hoja caída o bicicleta en fragmento de un relato.
Nos dijiste que estabas escondido detrás de cosas sencillas
y que si no podíamos hallarte, en vez de a ti hallaríamos
las cosas.

~

De Naxos a Paros

*

Del viaje desde Naxos a Paros
lo único que puedo recordar
eran las luces de un puerto
que desaparecía en un mar negro
y las luces de otro
que emergía del mismo mar negro
y por un momento pensó
que todos los viajes son como ése
pero muchos eran más largos.

~

Traducción

*

Todas tus historias son sobre ti mismo, dijo ella, incluso cuando parecen ser sobre otra gente. No iba a negarlo, ni a darle el gusto de tener razón. Así que cité a Proust, quien dijo que los escritores no inventan libros; los encuentran en sí mismos y los traducen. Eso pareció resolver el problema y ella se quedó callada. Hundí mis dedos en un bol de agua perfumada y empecé con el arroz. Un dejo a arcilla y a hojas y a metal me tomó por sorpresa. ¿Qué hay en el arroz?, le pregunté. ¿Caldo de hongos? ¿Cartuchos de escopeta? ¿Lombriz? No, dijo, mirando a través de la luz de la vela, las historias que todavía no has escrito están en el arroz. Debes estar paladeándolas.

~

Abrir una caja

*

¿Quién puso esas cajas aquí? Un camino vacío. Árboles dispersos, ninguno dando frutos. Un cielo lleno de nubes que no van a dar lluvia. Ninguna señal de vida humana. Y, sin embargo, esas cajas, alineadas precisamente al borde del camino, depositadas sobre el suelo arenoso en pilas ordenadas. Cajas de cartón sin nada escrito en ellas. Ningún mensaje, o marca, o sello de compañía. Cartón marrón liso, con las partes de arriba plegadas y metidas. Quienquiera las haya dejado aquí sabía que no iba a llover. Observo las cajas como si esperase que ellas dieran el primer paso. Espero a ver si va a venir alguien: si alguien me está observando observar las cajas, listo para aparecerse de un salto y encararme con un grito airado, acercarse más e insultarme, maltratarme, maldecirme. Puedo oír al hombre, con barba de una semana, oler su transpiración, contemplar su gran vena palpitándole en el cuello. Silencio. Aquí no hay nadie. Ni siquiera pájaros. De modo que escucho los sonidos que aquí no hay y empiezo a oírlos: un griterío a lo lejos, un tractor, el graznido de un cuervo. Cuanto más oigo eso sonidos ausentes, más profundo se hace el silencio. Me acerco a la primera caja, aflojo la parte de arriba. La abro.

~

Disolverse

*

Cuando hablaste de disolverte en mis brazos
advertí que no era una figura retórica,
que en un sentido (en todo sentido), lo decías en serio
que así fuera, desintegrarte en mí,
yo en ti, y ambos en agua. ¿Será eso
lo que se llama matrimonio, cuando ambas partes
desaparecen completamente, dejando apenas ondas
sobre la quieta superficie del agua? Pero para nosotros
el matrimonio era una curiosa fantasía, ¿y quién quizás
podría celebrarlo? A otro estabas prometida,
una figura oscura que acechaba de noche en callejones,
un cobrador de deudas siempre ocupado, y yo sabía
que mis escasas credenciales jamás servirían de mucho
con tu padre imaginario. Así que en cambio te conduje
a un estanque, con lirios y un puente oriental,
un banco bautizado con el nombre de un comerciante local,
el camino que circunscribía el agua
sombreado por hortensias y una vasta magnolia.
El lugar me resultaba conocido, pero desde que el yo
que recordaba cosas para entonces ya estaba
disolviéndose en el tú que se olvidaba cosas,
el recuerdo bien podría haber sido falso.
Caminaste alrededor del estanque, alrededor de mi isla,
disminuida con cada vuelta, cada vez atraída
por la gravedad de la inteligencia verde de la isla,
una y otra vez, mientras yo esperaba, un idiota
en un drama sin argumento, sin previsible conclusión.

***
Richard Gwyn (Pontypool, 1956)
Versiones de Jorge Fondebrider

/

The Poet in Samos

*

Here are the things you left behind:
an old bus ticket to a place with an illegible name,
a stack of government files from distinct regimes,
a pile of rocks, a copy of Cavafy, well-thumbed.
I don´t know how many meals you ate here,
by the seaward window. I don´t know
whether the shutter kept you awake at night
as it banged unheeded on the wall, or whether
as you claimed, it was a kind of comfort.
Reading Parentheses, I see once more how
the world became an adjunct to your poems,
your poems an adjunct to the world.

Here are the things that you invented, even
as they, in turn, invented you. Nothing was inanimate.
You turned each movement of the head,
each falling leaf or bicycle into the fragment of a story.
You told us that you hid behind simple things
and if we could not find you, we´d find the things instead.

~

From Naxos to Paros

*

Of the journey from Naxos to Paros
all he could remember
were the lights of one harbour
disappearing into the black sea
and the lights of another
emerging from the same black sea
and he thought for a moment
that all journeys were like this
but that many were longer.

~

Translation

*

All your stories are about yourself, she said, even when they seem to be about other people. I was not going to deny this, nor give her the pleasure of being right. So I quoted Proust, who said that writers don’t invent books; they find them within themselves and translate them. This seemed to do the trick, and she fell silent. I dipped my fingers into a bowl of scented water and started on the rice. An aftertaste of clay and leaves and metal took me by surprise. What is in this rice? I asked her. Mushroom stock? Shotgun cartridge? Earthworm? No, she said, peering at me through the candlelight, the stories that you haven’t written yet are in the rice. You must be tasting them.

~

Opening a Box

*

Who put these boxes here? An empty road. Scattered trees, none bearing fruit. A sky full of clouds that will not rain. No signs of human life. And yet these boxes, lined up precisely at the roadside, banked on the sandy soil in neat piles. Cardboard boxes with nothing written on them. No message or mark or company stamp. Plain brown card, with the tops folded over and tucked under. Whoever left them here knew it would not rain. I watch the boxes, as if expecting them to make the first move. I wait to see if anyone will come: if anyone is watching me watch the boxes, ready to leap out and confront me with an angry shout, come up close and face to face to swear at me, abuse me, curse me. I can hear the man, unshaven for a week, smell his sweat, watch the big vein throbbing in his neck. Silence. There is nothing here. Not even birds. So I listen for the sounds that are not here, and begin to hear them: distant shouting, a tractor, a crow’s caw. The more I hear these absent sounds the deeper the silence grows. I approach the first box, loosen the flap. Open it.

~

Dissolving

*

When you spoke of dissolving in my arms
I realised it was not a figure of speech
that in a sense (in any sense), you meant it
to be just so, that you would disintegrate in me,
I in you, and both of us in water. Could this be
what is meant by marriage, in which both parties
disappear entirely, leaving only ripples
on the water’s quiet surface? But marriage
was a curious fantasy for us, and who could
possibly officiate? You were promised to another,
a dark figure stalking alleyways at night,
an ever-busy debt-collector, and I knew
my thin credentials would never count for much
with your imaginary father. So I led you
to a pond instead, with lilies and an oriental bridge,
a bench named for a local shopkeeper,
the path which circumscribed the water
shaded by hydrangeas and a vast magnolia.
The place was known to me, but since
the I that remembered things was by now
already dissolving in the you that forgot things,
the memory might well have been a false one.
You walked around the pond, around my island,
diminished with each circuit, each time drawn by
the gravity of the island’s green intelligence,
around and around, while I waited, an idiot
in a drama with no plot, no foreseeable conclusion.

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