viernes, 11 de septiembre de 2020

hernán miranda / la moneda










¿Cuál era el gran delito de este Gobierno
lleno de respeto, de mesura y de tolerancia?
Gobernar en un sentido de porvenir, que es el
sentido esencial de la historia.

Antonio Machado.
Valencia, 1937

I

La primera vez que puse mis pies en La Moneda
Fue una jugarreta de niño: pasar de una calle a otra.
El Palacio de los Presidentes era un pasadizo solemne pero divertido.
Si Ud. quería ir de calle Moneda a la Alameda
O si quería ir de la Alameda hasta calle Moneda
Pues no haga rodeos, mi querido amigo
Atraviese La Moneda por dentro y acortará camino.
En una época hubo allí dentro una oficina de correos
Y Ud. pegaba estampillas, sí señor, al lado de un ministro.

     Pero en mi escuela 61 muy próxima al Cementerio
A una cuadra del Manicomio y a dos exactamente de la Morgue
Vi compañeros míos desmayarse de hambre en la fila
Vi chinches salir por el cuello de mis amigos en medio de la clase
Y una fiebre pavorosa me envolvió de improviso.
Fui carne de alucinaciones
Y tuve a los siete años la sensación exacta
El contorno cercano de la muerte y la locura.

II

—¿Qué es eso?
—Es La Moneda, hijo, la Casa de los Presidentes.
—Y si soy presidente ¿viviré en esa casa?
—Sí, hijo, vivirás.
Saludaré por la ventana vestido de frac
Y sobre el chaleco negro llevaré la banda de tres colores.
Los niños de mi edad me admirarán.
Pasearé en un coche negro tirado por muchos caballos.
Mi retrato estará en todos los libros de todos
Los niños de todos los colegios.

III

Tres o cuatro veces
Con mi hermano Hugo nos fuimos caminando hasta La Moneda
Para mirarla en silencio, para atravesar sus patios
Con los ojos muy abiertos y casi en punta de pies
Y después era obligado el peregrinaje al Museo Histórico
Y quedarse una hora mirando las armas y uniformes
Los magnéticos trofeos de la Guerra del Pacífico.

     Muy cerca de nuestro hogar se estacionaban faquires
Comedores de vidrio molido, de gillettes trituradas con los dientes
Ensartadores de grandes agujas en brazos y mejillas
Adivinos, vendedores de ungüentos y talismanes
Ebrios delirantes, evangélicos que contaban sus pecados a gritos.
Había locos vestidos con desechos del Ejército
Harapientos veteranos de una guerra perdida
Aferrados a las rejas de alambre del Manicomio.
Locas de gesto endemoniado a poca distancia de nuestro hogar
Insultando a un ausente todo el día hasta enronquecer.

     Mas nada nos producía tanto asombro
Como las idas a La Moneda o al Museo.

IV

Y llegó una noche de júbilo. Un hombre canoso y pulcro
Habló a los reunidos en la Alameda, enfrente del Museo
A cinco cuadras de La Moneda, en el epicentro
De las multitudes
Cuando millares de hombres y mujeres

     Esa noche pensé en España
Me vi de miliciano
Cayendo herido en la primera escaramuza
Y mi madre llorosa caminando a mi lado
Y yo moviendo los labios pero sin poder hablar
Y ella sin verme y ella y todos
Sin saber qué había sido de mí.
«Me sentiré feliz toda la vida
Si él llega a ser presidente por un día
Si reconocen este triunfo nuestro
Aunque sea por una hora
Para que al menos en la historia se diga
Que alcanzamos un día un pedacito de La Moneda».
Eso es lo que pensé antes de hundirme
En un sobresaltado y denso sueño.

V

Y un día llegaríamos a La Moneda
Como quien entra a una casa recién alquilada.
Palpamos sus gruesos muros de antigua fortaleza
Y sus maderas carcomidas. El Patio de la Fuente
Y los cañones coloniales
Y el Patio de los Naranjos y el más íntimo
Patio de Invierno.
El Salón Rojo solemne como un altar
Y el Gran Comedor y la Galería de los Presidentes.
Cortinajes de brocado, inmensos espejos de marco dorado
Alfombras, tapices, porcelanas, antiguos óleos
Viejos cofres vacíos.
Todo ardería un día como paja seca que era.

VI

Desde que llegamos
La Moneda no fue más un pasadizo.
Se cerró la puerta de atrás
Por precaución contra los enemigos.
Se abrió la puerta de adelante
Para que entrara gente venida
De pequeñas aldeas que no figuraban en el mapa
Delegaciones de mapuches, de científicos
Gente de mar y de tierra
Pobladores en busca de soluciones
Mineros de ojos semicerrados por la luz del sol.
Y esto es lo importante:
Entraban en confianza
Tranqueando hasta el despacho de ese hombre
Con cara de farmacéutico.

VII

Largas jornadas que habrías de vivir
Entre los gruesos muros del Palacio.
Palaciego este nieto de vaqueros
Y ovejeros de poco hablar.
De capataces de carabina en la montura.
Tu diálogo fue con esa historia
De oligarquías engoladas, de traficantes
Enriquecidos de la noche a la mañana,
De orgullosos hacendados que el día del rodeo
Colgaban la levita para calzar espuelas de plata.

     Y allí pudiste mirar con estremecimiento
El texto original de antiguos tratados
De viejos papeles y sellos y rúbricas poderosas.
El poder de la palabra escrita («escrito está»)
Refrendado por el poder de las cabezas
De ganado en pie, de las cuadras de tierra firme
Del oro cortado a cincel por otras manos
Que no entendían de rúbricas ni de sellos
De lacre fundido para siempre jamás.

     Pero serías también un testigo
Del estremecimiento de un pueblo.
Ese pueblo que habita una cornisa
Entre altas montañas y un profundo océano.
Ese del hablar muy bajo y los labios casi inmóviles.
Ese que reconoce la venida de un temblor
En la más leve oscilación de una lámpara.

     Y pudiste ver a ese pueblo
Marchando en torno del Palacio una y otra vez
Rodeándolo, respaldándolo. Herederos al fin
De otros albañiles que otrora levantaron
Esos gruesos muros. Reconociéndose por primera vez
En esos ladrillos hechos por otros hombres
Con la tierra y el agua
Y la paja seca y el fuego lento
De todos los días.
Y estarías allí para ser testigo
De la última de esas marchas.
Los sismógrafos del pueblo oscilando amenazadoramente.
Con los niños sobre los hombros
Cantando y llorando frente a la puerta del Palacio.
Y allí verías
A ese hombre con cara de farmacéutico
Llorando en silencio y saludando
Mirando a cada uno y saludando y llorando
En silencio
Ocho días antes de consumarse la traición.

VIII

El Palacio de los Presidentes fue primero Casa de Moneda
Y para ese uso fue diseñada por su arquitecto italiano.
Curiosa comunión esta del Palacio y el dinero.
Cuando un presidente de ancha frente y gruesos mostachos
Quiso hacer del salitre lo mismo que los ríos
Un bien nacional
Tintineantes libras esterlinas se le atravesaron en el camino.
Tintineantes libras de oro para costear un ejército bien armado
Y millares de muertos que ruedan por el suelo
Y el presidente Balmaceda descerrajándose un tiro en la cabeza
Única forma que encontró para aplacar a tanto saqueador
Y asesino suelto
A la caza de balmacedistas.
   
     Y a su turno ¿los Estados Unidos qué hicieron?
«In God we trust» es la divisa escrita en su dinero.
«Comerciamos en nombre de Dios».
Pero Dios es «God» y Oro es «Gold» y se confunden.
¿Qué hicieron los Estados Unidos por sus minas nacionalizadas?
Simple y pragmático: fajos de billetes de color de lechuga.
Crujiente hortaliza repartida a todos los vientos.
Periódicos y periodistas a precio de mercado de abasto.
Dirigentes empresarios enlechugados hasta el cuello.
Boicots, traiciones, intrigas, todo empapelado de verde.
Hombres del Norte de cuello blanco y traje oscuro.
Rubicundos como las barras de cobre que habían dejado de manejar
Generales de bolsa de comercio planeando las batallas
Sobre diagramas y cuadros estadísticos
Enviando mensajes por télex, girando órdenes de pago
Y órdenes de embargo.
Monederos falsos, se aprontaban
Para la conquista del Palacio
Asediado con dinero verde mucho antes del primer pistoletazo.

IX

Ah generales traidores,
Es falso que hayan vencido
Horas y horas disparando
Contra un palacio vacío.
Pero ese hombre canoso
Responde: «Yo no me rindo».
Le acompañan veinte hombres
Hasta morir decididos.
Le asedian por todos lados
Cinco mil hombres transidos:
Primera vez que combaten,
¡No vayan, por Dios, a herirlos!
Y los aviones disparan
Con todo el poder de tiro
Su fuego que todo abrasa
Contra este magro enemigo.
«Puesto en este trance histórico
Hermanos, esto les digo:
Yo no voy a renunciar.
No renunciaré, repito.
Yo pagaré con mi vida
La lealtad, el cariño,
La confianza que tuvieron.
Trabajadores queridos,
Superarán otros hombres
El gris momento vivido.
Sepan esto que les digo
Que más temprano que tarde
—No es en vano el sacrificio—
Se abrirán las alamedas
Para que el hombre hoy vencido
Construya un mundo mejor.
No es en vano el sacrificio».
Ah generales traidores,
Es falso que hayan vencido
Horas y horas disparando
Contra un palacio vacío.

X

Calcinados muros de La Moneda,
Ladrillos rojos descubiertos de todo cortinaje y ornamento,
Los he visto un día entre una muchedumbre
De hombres sencillos con los ojos hundidos
Y eufóricos hombres de negocios
Que extraían balas incrustadas en el muro
Para llevárselas como recuerdo.
Escarnecidos muros de La Moneda, yo he visto
Norteamericanos de traje oscuro y cuello blanco.
Los he visto muertos de risa tomando fotografías
Para su álbum familiar.

     Y he contemplado por largos instantes
Aquella ventana donde el médico-presidente
Solía hablar a gentes sencillas, venidas de barrios humildes.
Sólo el ladrillo había resistido al fuego.

     Y allí quedaría en pie, centenario
Esperando que otras gentes ahora desperdigadas, absortas
Condenadas a un paciente, anónimo heroísmo
Despejaran el camino para el encuentro definitivo
Entre el hombre y su obra.

¡La Moneda en ruinas! En rededor vi hombres y mujeres
Contemplando inmóviles un fierro retorcido
Una mesa quemada, trozos de espejos ennegrecidos.
Los ojos fijos, el rostro crispado.
Imagen imborrable de la herida dignidad de un pueblo.
Saltaban, se abrazaban, rodaban por el suelo
En el día primero del triunfo y la esperanza.

***
Hernán Miranda (Quillota, 1941) Poesía reunida. Santiago de Chile: Ediciones Tácitas, 2018.

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