lunes, 29 de junio de 2020

manuel de j. jiménez / de "interpretación celeste"













(11/08/2001) Sueño:
Nos miramos a escondidas, hermano, sin que otro soñador
pueda turbar las olas en el espejo. Casi siempre reconozco las
variantes de mi sueño: la sustancia que lo hace flameante, los
contornos que se achican como medusas. Te saludo a ti, Ángel.
Tú me sigues desde el otro lado, no dejas de ser yo mismo en
una dimensión insospechada. Tu modo de ser memoria, de ser
espacio y sonido me perturba. El espejo se tiñe y el envío de tus
caricias se descompone en lluvias o trópicos recargadísimos. El
espejo se tiñe; la cigarra sobre nosotros deja de cantar para los
pobres. A escondidas, sin que otro soñador pueda turbar las olas
de nuestro reflejo. Pero se han embravecido para entonces. Ya tu
cara se vuelve negra, ya tus ojos trepidan entre las membranas
de Dios. Yo te toco a ti, Ángel, en paz y divino.

~
Estaba a salvo después de recibir un ungimiento sacramental,
después de que las aguas me tocaran la frente y colocaran una
señal efímera en mi ojo (…) El sol se deformaba a través de ese
cristal, el canto de las focas onduló entre las elasticidades del
céfiro. Aquellos flujos bebí uno a uno, delante de mi cuerpo que
permanecía fuera de mí, en un devenir pócima. Probé aguas
minerales que oprimían mi mente para darle un juicio a las
luces; probé las aguas aéreas que limpiaron mi esófago tóxico de
muletillas; probé las aguas radiales que limpiaron los enunciados
con suma dificultad (…)
Poco a poco, enrojecido y con parálisis, volvía a ver las
correlaciones del paisaje, los cordones que unían una roca
con otra roca, las cadenas que sujetaban el perfil moche de los
acantilados. En medio de esto, con gran atención, seguía los
movimientos minúsculos de un jacarandá remoto. No podía
perderlo de vista, porque a su paso crecían otros jacarandás que
eran una réplica del primero, pero con los contornos glaucos y
deslavados. La formación de estos árboles me perturbaba porque
parecían soldados contorsionando sus cabezas. Avanzaban o
retrocedían en cuadros, después, avanzaban o retrocedían en
rombos. Algo en mí me dijo que únicamente tenía que seguir
al jacarandá maestro, que se trasformaba en el pretor de esas
provincias gramaticales. Pregunté a cada árbol sobre su mentor,
quienes me achacaban con el mismo ardid retórico: las mismas
palabras remachadas en sus referencias, en sus razones ampulosas.
Supe que si quería encontrar al maestro, tenía que ignorar las
fórmulas: hablar siempre en metáfora. Así que recordé algunos
versos continentales y los combiné rudimentariamente con
los míos (…) Usé la punta más filosa del sonido y saqué la “a”
del subsuelo. Finalmente, entre las hojas caedizas del maestro,
sopló la palabra “calla”, “calla”, “calla”, “calla”.

***
Manuel de J. Jiménez (Antiguo Distrito, 1986) Interpretación celeste. Santiago de Chile: Ediciones Litost, 2019.

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