viernes, 14 de septiembre de 2018

malú urriola / de "hija de perra"













Estoy sola y las palabras terminan consumiéndome, promoviendo en mi un estado de total decrepitud. El silencio hiende sus dientes en mi cuello como un dulce y terrorífico amante, puedo sentir la humedad de sus labios latiendo dentro de mis venas, un desvanecimiento al cerrar los parpados, un abandono imperdonable... el abandono duele resta carne a la vida, tú sabes que la muerte es un verbo angosto, pronto amanecerá -me digo- mientras las luces del San Cristóbal se encienden y apagan de rojo como los destellos de unos labios sangrantes, esta ha sido una de las pocas horas en que estando a solas he temido a las palabras, sé que comienzan a girar como una tromba que se levanta y que lo arrasará todo, todo. Sé que esperan verme caer. ceder ante sus torpes gestos, azotarme sus tristes olas, sé lo que quieren decir y temo no poder negarme. El café negro se enfría como la sangre, estoy harta de hablarme y no callarme la boca y que el silencio sea siempre yo hablando, sin dejar de hablar, palabras de sordomuda que se atropellan dentro de la cabeza y que no pueden salir, las cenizas del cigarro caen fuera del cenicero, limpiaría la mesa si no fuera porque todo este horizonte es una mierda, tantos años y al final te das cuenta que todo fue para nada, llevo la vida tatuada desde abajo, marcada, nunca seré otra y cuando no estás corno esta noche, la ciudad parece mis calma, mis solitaria, sé que fui yo quien abandonó primero, forget me, no vamos a ninguna parte, calle sin salida, no pasar, cuidado con el perro que muerde, no puedo dejar de ejecutar este movimiento como una ola me levanto para estrellarme, para azotarme contra la orilla. Nadie ha llamado para distraerme, nadie ha golpeado a la puerta en estos minutos eternos en que parezco sobrecogerme. Acomodo en mis muñecas las tristes cadenas del recuerdo y me someto totalmente a esta esclavitud, al necio gesto del silencio, ejercicio que considero cada vez más inhóspito y vuelvo a su territorio como un asesino contemplaría la sangre fresca en la hoja de la navaja. Vuelvo una y otra vez perdiendo la calma que el día pesadamente imbécil me había proporcionado, tan santiaguino, tan gris, tan down. Este frío me mata, gobierna mi cuerpo. Pasar frío es como ceder a la derrota, tenderse de bruces ante la derrota, y dejar que la derrota te pise, la punta de la espada flanquea mi cuello, he abandonado todo indicio de búsqueda, he perdido cuerpo a cuerpo esta batalla, mis partes devorantes han arrancado a las otras, me suspendo en la totalidad de la miseria, de allí vengo, de allí soy. Pronto llegará el invierno, pronto, puedo sentir la fría certidumbre, el viento helado, los huesos comienzan a cuidar el calor, mis partes se ensamblan para abrirse en una cruel batalla, partes de mí van quedando en el suelo, otras se levantan victoriosas. Amo mis partes vencidas, eran justamente las que hubiese querido ganaran esta empobrecida guerra. No me quejo porque hayan muerto sino porque ahora cuento con la certeza brutal. He permanecido mascando el día sin poder tragarlo, del mismo modo en que pactado una alianza con la nostalgia, como si estirara la cuerda del arco volviendo hacia mí la flecha y soltar la cuerda y que en el medio del corazón me escupan mis propias palabras.

hey Malú, ¿dónde estás? es el abismo quien llama, y no reconozco la voz de mi propio abismo, cuando miro hacia abajo siento que voy a caer, los huesos roídos del vértigo, los que lamo, ruedan hasta el fondo del pozo, las palabras se devuelven con la voz del pozo imitándome, los pozos hablan. Me he desmembrado mucho, me he dejado arrastrar por una pasión inútil, un territorio baldío donde he ido perdiendo la memoria hasta llegar a los tristes límites de la indignidad. Hoy más que nunca, necesito un cuerpo a mi lado, un calor que me restablezca el que he perdido, bastaría con tan poco, dulces palabras que alivianaran tanto desgano. He mostrado una tolerancia excesiva en todo este tiempo que he esperado, pero esta cruda tarde de invierno golpea duro, duro. He matado a la terrible y miserable esperanza, la he arrancado aún latiente, he besado sus lánguidas venas, la tibia sangre que cae por mis manos. Veo sus fláccidos muslos deteriorarse, vulnerable, como si en ningún momento hubiese envenenado mi alma, perdiendo completamente la habilidad de atormentarme. Las palabras atormentan, calan hondo, enloquecen, si las palabras dicen muere una muere, si dicen miedo me aterrorizo, las palabras dejaron de hablarme de cosas bellas hace tiempo, antes decían mar y me mecía, ahora dicen niebla, tierra, cuerpos, cavar, dicen.

no poseo siempre el recurso de abandonarme a las palabras, sin embargo ellas gozan de la libertad de abandonarme, me abandonan en medio de la noche, cuando miro al techo me dejan sola. He escrito muy poco, he sobrevivido meses sin trazar una palabra, he resistido con la insípida voluntad del adicto y he descubierto del mismo modo en que me mareo que las palabras proponen su territorio, ellas arrojan la carnada a la que a veces concedo en morder. Sé que no podré escribir sino lo que ellas quieren, que me muevo dentro de sus tierras, sé que a poco andar se volverán otra vez para lastimarme.

bebo mis tintas, mi único artificio, como el pulpo de Kosinski que devoraba sus propios tentáculos. Puedo replegarme, pero tengo la certeza que terminaré otra vez en sus labios, ansiando el momento de rendirme y sucumbir.
Las palabras me seducen, poseen la facultad del encanto, del mismo modo en que me sobornan y me corrompen.

¿puedes escuchar estas voces que chocan contra las paredes del cráneo?
(...)

***
Malú Urriola (Santiago de Chile, 1967) Hija de Perra. Santiago de Chile: Surada, 2002.

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