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El 11 de diciembre de 2025, la comparecencia infinita terminó su fase de actualizaciones diarias. Agradecemos a todxs lxs lectorxs e colaboradorxs. Sin su apoyo no habría seguido adelante este proyecto que nació en abril de 2017 y que vivió un período de inactividad desde el 12 de diciembre de 2018 hasta el 10 de febrero de 2020. Este año homenajeamos también a Jorge Aulicino, escritor y poeta argentino que nos ha dejado el pasado julio, sin el cual no habríamos llegado al formato de actualizaciones diarias. La siguiente fase de la comparecencia infinita será de actualizaciones inusitadas, destellos e intermitencias en la bandeja de correo de cientos de suscriptorxs y de miles de lectorxs. A lxs colaboradorxs pedimos que sigan enviando material, será, como siempre, bien recibido. Volveremos, pero a pequeñas dosis esporádicas. Hasta cuando sea, gracias totales.
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jueves, 16 de diciembre de 2021

isabel de los ángeles ruano / dos poemas













A Luis Cernuda

*

Viejo solitario de la tarde,
te veo con tu vaso de ron, escribiendo
tu tristeza de niebla, trajinante
como una yegua loca, sorbiendo lentamente
una lágrima gris, deslucida, amarillando
junto a la briosa estación del verano.

Te veo envuelto en papeles oscuros
en el departamento quieto, separado
de la ciudad, caminando en sigilo,
viendo que gota a gota se te escapaba el cielo,
huyendo en la bruma metálica de la lluvia,
resguardado en los terribles potros que cabalgaban
tu antiguo vicio de llorar despierto.

Te resucito en las pavesas alejadas
en las remotas playas del insomnio acezante
y en los inquietos torbellinos de espera.
De niño te encuentro en un caserón deshabitado
y siento crecer en ti brillantes mariposas,
el júbilo de los cuerpos desconocidos
deseados en cualquier parte.

Te quiero en ese resplandor de miedo voluptuoso
donde nació el acento melancólico,
en las ventanas del sueño, en ese gemir suave
de adolescente incendiado en el otoño,
te quiero en el vaivén de habitaciones olvidadas,
ignorado en escalerillas fantasmas,
martillando una angustia sin nombre,
tragando besos sucios a hurtadillas del día,
comprando una primavera inexistente
bajo un silencio de sombras y sábanas revueltas.

Te busco guarecido en oscuros cinematógrafos,
hundido en cualquier esquina, pensativo,
rumiando tu ingenuidad desmelenada,
sentado en algún bar, fugitivo en derrota,
oyendo un vulgar silbido de jauría,
almacenando siluetas, rompiendo espejos falsos,
lanzando amargas flechas sin respuesta.

Y te gustaba pasear sobre los puentes,
sentir correr los ríos, oír el mar,
te esfumabas con las volutas del ocaso
y mirabas de vez en cuando a las estrellas.

A veces te dolía la vida, casi recuerdo tu gesto,
tu voz taciturna, aquellos ojos que se perdían
tras una lejanía invisible,
tus manos desgranadas en las puertas del alba,
la canción siempre hirviendo en tus torres de espanto,
el violín cabizbajo que reptaba tu ensueño
la máquina de escribir que te seguía
y los discos de jazz disfrazándose en la penumbra.

Entonces añoro las cortinas regadas en torno tuyo,
ese misterio vacío, esa leyendas de avenidas esparcidas,
la guitarra del viento acompañada de roncas voces,
las vacilantes perspectivas de los desvanes macilentos,
el suicidio de peregrinas campanas desquiciadas
desapareciendo en las esclusas derruidas del tiempo.

Añoro las dispersas ansiedades que desgarraron
tu vibrar de avecilla desgajada al invierno,
tu displicente recorrido de espermas apagadas,
la aguja que rompía tu vibrante relámpago,
la cuchilla del sexo trepando tus nervios,
tu tibio abrazo dulce de ruiseñor tremendo,
las noches en que el mundo te crujía insepulto
tras una cordillera de plumajes azules,
la rosa que perdiste en las veredas náuticas,
la emoción presentida, los caminos abiertos
a tus zapatos que hollaban las inciertas regiones
donde un ancla de bermellón ataja los placeres prohibidos
tras las puertas abiertas desbocadas al sueño.

Te siento pasajero, de una inmensidad amorfa
viviendo en las filas de los que retan, en esa
difícil soledad de ir cargando una cantidad de absurdas cosas,
entre fórmulas aparatosas y obligadas,
en una pirámide de aburrimientos continuados,
y el hastío de ir repitiendo historias
en evasiones que se esconden en laberintos
dislocados, en ese rugir sordo que nace y quema,
en la protesta que vuelca y hiere
junto a las murallas.
Porque llega la hora en que ya nada importa
y entonces explotaron tus versos, te regaste
como una erupción incandescente, como una lava violenta.

Porque morías en la secuencia de las semanas
de disecadas focas, en las farolas mudas
que quiebran los anhelos caracoleantes,
en los lechos abandonados, en los cocodrilos
de taxidermia inconclusa, en los años que doblan,
en ese instante de ya no sorprenderse,
en ese susto repentino que arrasaba, desolador,
temible, en la repentina voz que aullaba
exigente, profunda, en un fluido de fiebre
como una líquida plataforma que te llevara.

Ahí estaban las azoteas del hielo,
el grito partiéndose en pedazos,
la atribulada pesadumbre de repartirse,
de huir, de esconderse en suburbios pedregosos,
de ser frágil, de humo, efímero, de sólo aventar
un ruego caldeado en disgregados cristales,
en un frío que recorría callejones sonámbulos,
intemperies agonizando bajo epilépticos alambres
sincronizados al fúnebre estertor.

Y te esfumabas en la sangre disuelta de los cadáveres morados,
en la serenidad del paseante
que violaba las tiránicas ataduras, en la fiera,
inextinguible antorcha que encendías, en la valiente
y dolorosa actitud de ser tú mismo.

~

Los farsantes

*

Para ir decapitando monumentos
hace falta el silencio,
los santones hicieron sus columnas
pero no tienen estandartes.

Qué lugar daremos a cada quién
en nuestra historia?
Ya ni siquiera importa,
los héroes están muertos
y cada quien fabrica sus hazañas.

El tiempo es un invento malévolo,
nunca aprendió a creer
en la verdad
porque nació desnudo como los hombres,
y, además, es que existe la verdad?

***
Isabel de los Ángeles Ruano (Chiquimula, 1945)

domingo, 3 de junio de 2018

isabel de los ángeles ruano / los muros perdidos (fragmentos)










I

Lancé en vuelo las palomas en júbilo.
En los promontorios derruidos
el viejo barrio con su guitarra antigua
se teñirá en las pasarelas del muro informe.
Los edificios sobre los contornos
de antiguas riberas aisladas
atraparon la sensación diluida
de la tarde.
Evoluciona el violento sol
bajo el ocaso:
hermano de los crepúsculos ensangrentados y quietos,
adiós,
mañana ya no serás el mismo.
La noche se inunda de banderas y un resquicio de luz
apaga lentamente
las plazoletas del recuerdo.

II

Ciudad: escondes un ángel
en tu quemante muralla de misterios.
Vivaldi estremece en la penumbra
y vibra en los últimos relojes del crepúsculo.
Muchas muertes te acechan
y tu palpitar se agita en las luces
crepusculares
que se yerguen por sobre torres misteriosas.
En sombras aisladas tejíamos la aurora
con una silenciosa rueda mitológica.
Y yo entretanto construía, entre espejismos y palabras,
el nuevo engranaje de los sueños.

III

Me incorporé a una roja obertura
sin saber que eran ritos funerarios.
Camino en la sombra, a tientas en la ceguera,
y penetro en disecadas realidades.
Persigo penumbras fantasmas
y al delirio impaciente de aquellas preguntas
atisbadas en el dintel del misterio incandescente.
Estoy dentro del frío más allá de los tiempos
y encuentro petrificados mi sombra y mi cadáver.
Me fundo con la nada
y marcho por terribles desfiladeros.
Después corro por las manchadas hecatombes
de una tumba vacía persiguiendo siluetas.

IV

El rumor de todos es igual,
la misma sombra es el sepulcro
pero son otros los cipreses.
Nadie morirá por otro
aunque brillen las cordilleras del otoño.
Yo moriré en mi instante
y será como estar a la hora en punto de cualquier parte.

VI

Esta gruta es un sueño.
Yo he tratado de arrancarme sus cadenas
pero me voy hundiendo
en cavernas ulceradas y dimensiones extrañas.
Crecen a mi ser anclas terribles y solitarias
como velas fantasmales y sombrías.
Busco un asidero por todos lados
y sólo encuentro dogmas
vestidos de ceniza.
A dónde ir, si esta gruta
es sólo un círculo de sueños sin rendijas.

IX

Me postré y oré ante las puertas de la ciudad
y sus torres mudas y silenciosas.
Recorrí aquel mare mágnum olvidado
y atravesé sus calles y sus plazas frías y desoladas.
Procedía del campo y de ciudades sollozantes
y nunca me había extraviado:
pero ahora no había ninguna salida,
la esperanza había muerto para siempre
con funerales ciegos y temerarios.
Y mi oración sólo era
el último salmo de los humillados

X

Desalojé un mito de mi mente
y después dejé abiertas sus ventanas.
(Aún no había construido mi fortaleza
amurallada).
El mito
armó de puntiagudas lanzas a una horda
y en la plaza pública
con hondas y piedras
guillotinaron mi nombre.
Desde esa vez los mitos me temen
mientras yo los ignoro.

XI

Yo puedo soñar que mi verbo tumultuoso
deslumbre algún día a los caminos
con un faro de nueva luz.
No sé de eso
pero lo presiento.
Acaso mi voz sólo esté en las tinieblas
y la verdad sea de los otros.
Y esas son incógnitas
que yo no puedo despejar.

XIX

No tuve sonrisa para la mañana
ni flor para el crepúsculo.
La farola de la calle me aguardaba
y el amor se interpuso.
Cuando se detuvo la voz de las guitarras
lloré, mi ser vibraba.
Tuve que partir
pero yo anhelaba quedarme entre tu abrazo
y en tu corazón lleno de lirios y centellas.
Allí encendería una chimenea
y habría luz, tendría hogar.
Una casa nacida de mis manos.
He llorado ante el camino de la palabra
y entoné la melodía del viento
para seguir transmigrando
en rutas de dolor y arena.
Pero yo puedo seguir cantando
y seguir y seguir correteando por los caminos
con una melodía triunfal entre los dientes.

XX

Asistí al oficio de la muerte
y vi a la nada comérselo.
Estaba tendido a cuatro velas
y su mar soplaba vientos funerarios.
Le tuve miedo a su cadáver
aunque él ya no era.
Se había fugado a no sé dónde
y aún estaba allí.
Yo no quería ser él
pero su quietud prosigue estremeciéndome.

***
Isabel de los Ángeles Ruano (Chiquimula, 1945) Poemas. Ciudad de México: Asociación Mexicana de Escritores, AC, 2012.