El verano
*
Estás en el verano,
en un hilo de reposada agua, en los espejos perdidos sobre
la duna.
Estás en mí,
En las oscuras algas de mi nombre y en la orilla de mi nombre
piensas:
habría sido fuego, habría sido oro y sin embargo es polvo,
sepultada rosa del deseo, un hombre entre las amarguras.
Eres el esplendor del día,
los metales incandescentes de cada día.
Te acuestas en lo azul donde te contemplo y acostada reconoces
el ardor de las manzanas,
las claras nociones del pecado.
Oye la canción de los jóvenes amantes en las altas colinas de
mis años.
Cuando me dejas, el sol encierra sus perlas, los
rituales que preví.
Una colmena explota en el sueño, las palmeras están en
ti y se inclinan.
Bebo, en la clausura de tus fuentes, una sed antiquísima.
Dulce y cruel es septiembre.
Dolorosamente ciego, cerrado sobre tu boca.
~
Despedida
*
Un arpa envejece.
Nada se oye a lo largo de los canales y los remadores
sueñan junto a las estatuas de tiniebla.
Tu sombra está detrás de mi sombra y baila.
Me tocas desde tan lejos, sobre el acantilado, y no sé si
fue amor.
Cierto rumor de cálices, una súplica al blanquear de las
ruinas,
todo se perdió en el solitario campo de los cielos.
Una estrella caía.
Ese fuego consumido quema todavía el recuerdo del
sur, su extremo dolor anochecido.
No vienes jamás.
Tu rostro es la hierba mutilada por los pasos en los que me
entristezco, la absoluta condenación.
Llueve cuando pienso que un día tus rosas florecían
en el centro de esta ciudad.
No quiso, alrededor de los labios, la profanación del jazmín,
tus hojas de octubre.
Ocultaré, en la agonía de las casas, una pena que aletea,
la desnudez de quien sangra a la vista de las catedrales.
Mi pecho abriga a tus semillas, y muere.
Esta música es casi el viento.
~
Melodía
*
Este es el rocío de tus ojos.
Esta es la rosa de tus valles.
El silencio de los ojos está en el silencio de las rosas.
Tu estás en el medio,
entre el dolor y la sorpresa de la tiniebla.
Arrancaste al mundo y eres la perfumada
distancia del mundo.
Llego sin saber, a la orilla de los siglos.
Me despeño en tus lagos cuando para ti
canta el cisne más triste.
El polen aletea en mi pecho, junto a tus
nubes.
Esta es la canción de tu amor.
Esta es la voz donde vive tu canción.
Tus lágrimas pasan por mi tierra
de camino al mar.
~
Urgencia
*
Levántate y déjame entrar,
diría si pudiese,
junto a esta cama donde el dolor te contempla,
bajo este techo frío que no inventa ningún
paisaje,
ningún recuerdo de barcos anclados en el
vacío de nuestra alma,
diría que ahí fuera escucho la sirena que se
aproxima
y la lluvia que bate con sus gotas de
angustia en las piedras de la carretera,
diría que esas cuatro ruedas van a llevarte a lo
largo del pánico y de la noche,
hacia otras paredes donde ningún crucifijo
redime la desolación de las casas,
diría que se han alejado para siempre los
días antiguos,
sus naranjas, su agua,
un cerezo breve donde los mirlos cantaban.
José Agostinho Baptista (Funchal, 1948)
Versiones de Raquel Madrigal Martínez
/
O Verão
*
Estás no verão,
num fio de repousada água, nos espelhos perdidos sobre
a duna.
Estás em mim,
nas obscuras algas do meu nome e à beira do nome
pensas:
teria sido fogo, teria sido ouro e todavia é pó,
sepultada rosa do desejo, um homem entre as mágoas.
És o esplendor do dia,
os metais incandescentes de cada dia.
Deitas-te no azul onde te contemplo e deitada reconheces
o ardor das maçãs,
as claras noções do pecado.
Ouve a canção dos jovens amantes nas altas colinas dos
meus anos.
Quando me deixas, o sol encerra as suas pérolas, os
rituais que previ.
Uma colmeia explode no sonho, as palmeiras estão em
ti e inclinam-se.
Bebo, na clausura das tuas fontes, uma sede antiquíssima.
Doce e cruel é setembro.
Dolorosamente cego, fechado sobre a tua boca.
~
Despedida
*
Uma harpa envelhece.
Nada se ouve ao longo dos canais e os remadores
sonham junto às estátuas de treva.
A tua sombra está atrás da minha sombra e dança.
Tocas-me de tão longe, sobre a falésia, e não sei se
foi amor.
Certo rumor de cálices, uma súplica ao dealbar das
ruínas,
tudo se perdeu no solitário campo dos céus.
Uma estrela caía.
Esse fogo consumido queima ainda a lembrança do
sul, a sua extrema dor anoitecida.
Não vens jamais.
O teu rosto é a relva mutilada dos passos em que me
entristeço, a absoluta condenação.
Chove quando penso que um dia as tuas rosas floriam
no centro desta cidade.
Não quis, à volta dos lábios, a profanação do jasmim,
as tuas folhas de outubro.
Ocultarei, na agonia das casas, uma pena que esvoaça,
a nudez de quem sangra à vista das catedrais.
O meu peito abriga as tuas sementes, e morre.
Esta música é quase o vento.
~
Melodia
*
Este é o orvalho dos teus olhos.
Esta é a rosa dos teus vales.
O silêncio dos olhos está no silêncio das rosas.
Tu estás no meio,
entre a dor e o espanto da treva.
Arrancas-te ao mundo e és a perfumada
distância do mundo.
Chego sem saber, à beira dos séculos.
Despenho-me nos teus lagos quando para ti
canta o cisne mais triste.
O pólen esvoaça no meu peito, junto às tuas
nuvens.
Esta é a canção do teu amor.
Esta é a voz onde vive a tua canção.
As tuas lágrimas passam pela minha terra
a caminho do mar.
~
Urgência
*
Levanta-te e deixa-me entrar,
diria se pudesse,
junto a esta cama onde a dor te contempla,
sob este tecto frio que não inventa qualquer
paisagem,
qualquer lembrança de barcos ancorados no
vazio da nossa alma,
diria que lá fora escuto a sirene que se
aproxima
e a chuva que bate com as suas gotas de
angústia nas pedras da estrada,
diria que essas quatro rodas vão levar-te, ao
longo do pânico e da noite,
para outras paredes onde nenhum crucifixo
redime a desolação das casas,
diria que se afastaram para sempre os
dias antigos,
as suas laranjas, a sua água,
uma cerejeira breve onde os melros cantavam.

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