domingo, 4 de julio de 2021

andrés morales / cuatro poemas














Oráculo

*

-No hay azar más claro que el iris de mi ojo,
pregunten a los hijos que van llorando tierra,
deténganse en el mar a respirar su vuelo
si el sol es transparente y gime y no aparece.

La adivina cierra sus ojos y crepitan
los dientes y su lengua, malhumorada, seca.

-La rueda vuelve siempre al centro de su cielo
y todo se detiene y habla y permanece.

-Desnuda en el desván irá tejiendo siempre,
tal vez nunca regrese su amante de la guerra
y bailarán los años y sin reconocer
los trozos de metal, la columnata, el mar.

-Después veo silencio y un grito despiadado.
La sangre descubrió su propio peso hueco.
Más allá un incendio y el caballo cónsul
y mártires que huelen a gloria antojadiza.
...Hay nubes en mis cejas y peces,
hay planetas...
Puedo ver la huella cómo se desfigura y cae.
La luna se avecina, el ángel se avecina.
Dos mil campanas hieren, se clavan en mi oído
y Jericó se rinde y el águila perece
mientras el toro huye detrás de los leones.


Penúltimas noticias, los heraldos corren:
Ha caído Roma, Tenochtitlán el Cuzco.


-Otra vez el llanto recorre mis anillos.

-La policía aguarda detrás de las murallas,
no hay escapatoria, me arrastran con azufre,
me fuerzan, me condenan, me besan en la cara.

-¡Alejen los espejos, aviven ese fuego!

-El hambre me conmueve y siento como vuelan
los cuervos en mi boca, enloquecidos míos.

-¡Por qué jamás anuncio lo que se escribe ayer!

... Hay nubes en mis manos,
recuerdo sólo el mar...

                                (A Gonzalo Rojas)


Los videntes

*

Todos íbamos a ser Rimbaud.
Todos íbamos a ser Artaud.
Todos íbamos a ser Edgar Allan Poe.

Lo que pasa es que ni Verlaine,
ni un poeta menor, ni aquellas líneas
del pequeño escribano de la corte.

Nada, ni en el aire, ni un poema:

Todos íbamos directo al matadero.

 ~

Poema del secreto

*

Déjame la voz, te doy el canto,
déjame lo oscuro de la noche,
que exista siempre aire entre nosotros,
siempre la alegría del quizá.

Déjame los ríos, el agua, el mar que rompe
ahora,
en medio de los dos
ese inmenso arrecife que recoge
aquel secreto nuestro desde ayer.

Déjame en tinieblas; el sol a ti, la luz.

Yo encierro tu destello en mi garganta.

~

Nocturno de Santiago

*

El cielo cae a trozos en todas las ciudades,
el mismo cielo verde o gris, el mismo cielo
que cubre de temores rompiendo cerraduras,
espiando, derribando, muros  y ventanas,
abriendo cada puerta sin pudor, sin pausa.
 
El viento prevalece y quiebra geometrías
extrañamente ajeno a formas y figuras;
traspasa las esquinas, las nubes, cada plaza
sin cesar, insomne, en su sigilo plano.
 
Nadie está en las calles ni patios, ni en los parques,
nadie compadece al juicio de la noche.
 
Pero la noche irrita, perturba, ya domina
las grandes avenidas, los cruces, los paseos.
 
El cielo ha desnudado vergüenzas y placeres.
El viento no consuela, ni cura, no da tregua.
 
En todas las ciudades parece que la muerte
abrió su pozo negro de cólera y azufre
y poco queda entonces para la noche sola
dueña ya del mar, del monte, de los ríos:
 
hoja de cuchillo vibrante y afilada
en la memoria inquieta de la ciudad vacía.
Justo a medianoche se escuchan ruidos sordos
como si mil gusanos cruzaran el jardín
o todas esas ratas, heridas por el hambre
salieran de sus huecos helados de silencio.
 
No son las alimañas, ni búhos, no son cuervos:
parece que es el quieto temblor de parturientas
o el canto de mujeres que van al sacrificio,
o el rechinar de dientes de un niño en la batalla.
 
Es el habitante, el ciudadano, el hombre
que repta lentamente recuperando alientos
tras reinos y dominios perdidos o ya muertos.
 
Es el propietario, el amo, el inquilino,
el dueño de las formas, el hábil arquitecto,
el único que sabe cómo ahuyentar la noche,
cómo espantar al viento, al cielo, hasta los ángeles
que caen a millares sobre las sucias calles.
 
El orden se condensa, se alinea, ya se impone
y nada queda fuera del círculo perfecto.

El viento cesa lento hasta volverse negro.
 
Ha llegado el plano, el mapa de lo exacto
desentrañando selvas, distribuyendo el aire:
 
Ha regresado el índice que cruza tempestades
y guarda en su soberbia el miedo de los dioses.
 
Esta ciudad se alegra en su desgracia cierta,
esta ciudad se viste en medio del desierto,
esta ciudad se cubre los ojos y enmudece
cuando los pájaros emprenden su vuelo a la deriva.
 
Recrea carnavales, despierta a los difuntos,
describe dos mil saltos sobre las cordilleras.
 
Esta ciudad agónica de ritmos que no baila
y de frases aprendidas en una lengua muerta.   
 
¿Tendrá un final feliz, habrá de recordar
el tacto de los árboles, el fresco olor a noche?
 
Parece que se ha muerto esta ciudad alegre.
 
Parece que no existe esta ciudad ajena.
 
Parece que recuerda sus años más secretos
y cierra ya sus muros en una mueca insomne.
 
El campanario anuncia una mañana en ascuas
y una tarde lenta de lluvias de otro tiempo.
 
Monótonos en días, en horas, en minutos
los segundos muerden su pasado inquieto.
Aquí no pasa nada, ni el tiempo nos consume.
 
Aquí no existe Dios, ni el cielo lo presiente.
 
Aquí se hunde el sueño en una despedida
de voces y palabras que nunca dicen nada.
 
Santiago no recuerda su nombre ni sus pasos.
 
La atroz provincia duerme en una pesadilla
de torres que se tuercen y calles sin sentido.
 
La vil memoria escribe en la montaña sola:
 
Santiago ya no existe, Santiago no ha existido.
 
Esto que vivimos es otro sueño ajeno.
 
Y nada de invocar ese dolor de muertos,
de pálidos semblantes en esas fotos viejas.
Nada de rasgar las vestiduras propias
en señal de lutos ajenos que no acaban.
 
Santiago no ha llorado ni llora por su suerte,
esta ciudad se rinde al arquitecto infame
que habrá de derrumbar hasta sus cimientos.
 
Esta ciudad se rinde ante la voz de mando
que aún la desentraña, la humilla, la deshonra.
 
Nada de llorar o de entonar un canto
fúnebre y sereno,
como si todo fuese nada.
 
En medio de la plaza recuerdo a los que entonces
callaron ante el amo de todas las desgracias.
 
El cielo cae a trozos, es un decir, y cae:
 
El mismo cielo verde o gris, el mismo cielo
y la ciudad se esconde, escapa, se desangra
y la ciudad apaga sus luces y enmudece.
 
La cordillera cae sobre la ciudad dormida.
La cordillera toda entierra su delirio.
 
Las piedras atraviesan los cuerpos, las ventanas
y cada plaza estalla en un inmenso yermo.
 
Nadie se da cuenta de muerte tan callada,
nadie se arrepiente, ni llora, no blasfema.
 
La ciudad se hunde y cae en el vacío
del tiempo y los fantasmas, del odio y el olvido.

***
Andrés Morales (Santiago de Chile, 1962)

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