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El 11 de diciembre de 2025, la comparecencia infinita terminó su fase de actualizaciones diarias. Agradecemos a todxs lxs lectorxs e colaboradorxs. Sin su apoyo no habría seguido adelante este proyecto que nació en abril de 2017 y que vivió un período de inactividad desde el 12 de diciembre de 2018 hasta el 10 de febrero de 2020. Este año homenajeamos también a Jorge Aulicino, escritor y poeta argentino que nos ha dejado el pasado julio, sin el cual no habríamos llegado al formato de actualizaciones diarias. La siguiente fase de la comparecencia infinita será de actualizaciones inusitadas, destellos e intermitencias en la bandeja de correo de cientos de suscriptorxs y de miles de lectorxs. A lxs colaboradorxs pedimos que sigan enviando material, será, como siempre, bien recibido. Volveremos, pero a pequeñas dosis esporádicas. Hasta cuando sea, gracias totales.

viernes, 8 de marzo de 2024

mary o'donnell / edén











Alguien había plantado tiempo atrás manzanas de Bath
en el huerto Protestante de mi infancia.
El huerto de mi madre. Las avispas
devoraron aquel dulzor abandonado
que ella nunca veía cuando se marchaba,
sin ocuparse de nosotros que ganduleábamos
en las orquillas de árboles viejos, emperadores,
de vuelta a casa tras la guerra. 

Llegar allí era batallar con ortigas,
con zumbido de insectos, abejorros y ranas,
nuestros propios mitos de serpientes. Éramos tropas
en marcha, Aníbal cruzando los Alpes
con perros en lugar de elefantes. A veces
el temor nos paraba, hasta que alguien hacía de Alejandro,
simulando valor para mantener a las tropas con ánimo.

Ante nosotros
se extendía una India – manzanos, la pócima
de las pomas de piel cremosa y venas encendidas.
Todo cuanto queríamos, linternas con piel rubí:
esos mapas de los sentidos, un estallido
de antídoto en las lenguas,
aquel bello escozor. 

***
Mary O'Donnell (Monaghan, 1954)
Versión de Inés Praga-Terente

/

Eden

*

Someone long ago had planted Beauty of Bath
in the Protestant orchard of my childhood.
My mother’s orchard. Wasps
devoured that neglected sweetness
she never saw as she drove out,
forgetful of us as we lounged in the crotches
of old trees, emperors, home from war.

To get there was to do battle with nettles,
buzzing insects, cock-chafers and frogs,
our own myths of serpents. We were troops
on the march, Hannibal crossing the Alps
with dogs for elephants. Sometimes
fear set us back, until someone became an Alexander,
play-acting courage to keep the troops in the mood.

Ahead
lay an India – apple-trees, the potioned
poms, flesh creamy and flush-veined.
All we wanted, ruby-fleshed lanterns:
such maps of the senses, an antidotal
release on our tongues,
that beautiful sting.

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