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El 11 de diciembre de 2025, la comparecencia infinita terminó su fase de actualizaciones diarias. Agradecemos a todxs lxs lectorxs e colaboradorxs. Sin su apoyo no habría seguido adelante este proyecto que nació en abril de 2017 y que vivió un período de inactividad desde el 12 de diciembre de 2018 hasta el 10 de febrero de 2020. Este año homenajeamos también a Jorge Aulicino, escritor y poeta argentino que nos ha dejado el pasado julio, sin el cual no habríamos llegado al formato de actualizaciones diarias. La siguiente fase de la comparecencia infinita será de actualizaciones inusitadas, destellos e intermitencias en la bandeja de correo de cientos de suscriptorxs y de miles de lectorxs. A lxs colaboradorxs pedimos que sigan enviando material, será, como siempre, bien recibido. Volveremos, pero a pequeñas dosis esporádicas. Hasta cuando sea, gracias totales.

martes, 19 de octubre de 2021

tess gallagher / brillo













Aquella japonesas esperaban; esperaban,
de regreso a Shikibu y Komachi,
a hombres que ni siquiera entonces parecían capaces
de darles afecto. Aunque es una traición
no admirar el amor de las mujeres,
que ilumina los largos corredores del pasado
con tanta potencia como las linternas
bajo las que anduve junto a los santuarios de Kyoto.
Mujeres que esperaban en vano; o que una fugaz
Reaparición vivificase su tristeza.
Su esperanza de reencontrarse siquiera con un pálido amor
Daba a cada corazón un riguroso desvanecimiento.

Incluso una hermosa pérdida es una pérdida.
Alguien debería haber atravesado
las telarañas de sus miserables portales
con un nuevo mensaje: “No el trabajo del amor,
sino el amor en sí: nada menos”.
Quizá eso, al menos, las habría vaciado
lo suficiente
como para anular toda
falsa esperanza de satisfacción.

Lo que quiere decir que, al no llegar el amor adecuado,
no habrían estado preparadas.
Algo muy a mano
Habría concitado sus atenciones.

Así pues, salí a pasear una noche, bajo la luna llena,
y convine con mi amado muerto
que la luz fría que se reflejaba en el dorso de mis manos
me pertenecía principalmente a mí.

***
Tess Gallagher (Port Angeles, 1943)
Versión de Eduardo Moga

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