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El 11 de diciembre de 2025, la comparecencia infinita terminó su fase de actualizaciones diarias. Agradecemos a todxs lxs lectorxs e colaboradorxs. Sin su apoyo no habría seguido adelante este proyecto que nació en abril de 2017 y que vivió un período de inactividad desde el 12 de diciembre de 2018 hasta el 10 de febrero de 2020. Este año homenajeamos también a Jorge Aulicino, escritor y poeta argentino que nos ha dejado el pasado julio, sin el cual no habríamos llegado al formato de actualizaciones diarias. La siguiente fase de la comparecencia infinita será de actualizaciones inusitadas, destellos e intermitencias en la bandeja de correo de cientos de suscriptorxs y de miles de lectorxs. A lxs colaboradorxs pedimos que sigan enviando material, será, como siempre, bien recibido. Volveremos, pero a pequeñas dosis esporádicas. Hasta cuando sea, gracias totales.

domingo, 15 de enero de 2023

miguel vicuña / bota de caminantes








Abierto el aire, luz en el vacío
infame de esta bota prisionero
cuerpo camino en rededor requiero
boca ansia fuego maltratado frío.
Caricia voy cansancio el mundo brío
oscura el alba dura como alero
náufrago luna muerta en el sendero
remo y echo los bofes por el río.
Sangra en el beso lago una ventana
del gozo ilusa agónica remota
vena mía desnuda el alma rota.
Navego sin madero a la mañana
dejando en cada puerto mi pellejo
como sueño tatuado en un espejo.

***
Miguel Vicuña (Santiago de Chile, 1948-2022) 
Fotografía de Bruno Montané Krebs

sábado, 14 de enero de 2023

katharin schultens / hidden liquidity











en principio esta mesa está abierta a infinitas posibilidades
y siempre se filtra por las grietas un fluido
cuando algo no está (o no del todo) sellado. quizás
se acumula sin querer hasta que se diluye
como soledad: su carácter es gotear.
en qué momento exacto comerciar se vuelve líquido. ¿tengo que comerciar
para ser líquida? ¿son ser líquida y el comercio
lo que me sostienen?: un detalle. es –por regla– solo un
detalle el que nos separa. suspenso ineludible:
decir que necesito algo. tengo que tener: es única mirada sobre mis
botas. curva. temblar. delirio. nuestro ojo tiene
que palpar cuero imaginario sobre lo que después fijamos
lo que deseamos. importante: nunca sepas el precio
si sabés el precio se pierde la tensión. vos también jugás.
vos también gastás. vos apostás como si en esa mesa.
(estoy sentada debajo: te alcanzo las pieles de conejo)
tampoco conocemos nuestro volumen. eso se determina
al final. en qué moneda, da lo mismo. mientras uno cuente

***
Katharin Schultens (Kirchen, 1980)
Versión de Cynthia Erica Quirós
Fotografía de Puch Johannes

viernes, 13 de enero de 2023

leonardo sciascia / dos poemas









Sicilia, su corazón

*

Como Chagall, querría capturar esta tierra
dentro del inmóvil ojo del buey.
No una lenta calesita de imágenes,
una corona radiante de nostalgias: sólo
este cielo cuajado de nubes,
los cuervos que bajan lentamente;
los rastrojos quemados, los árboles pelados
que se graban como filigranas.
Un miope espejo de pena, un pesado destino
de lluvias: muy lejos está el verano
que aquí extendió su cálida desnudez,
escamosa de luz -y muy distinto es
el anuncio del otoño,
sin voces de la vendimia.
Voraz el silencio sobre las cosas.
Se quiebra, si la flauta de caña
intenta hacer un sonido,
y un miedo profundo derrama.
Los antiguos no rieron de esta luz,
estrangulada por las nubes, que gime
sobre los prados fatigados, sobre guijarros ásperos,
en el ojo fangoso de las fuentes;
las ninfas perseguidas
no se escondieron aquí de los dioses; los árboles
no dieron frutos a los héroes.
Aquí Sicilia escucha su vida.

~

Fin del verano

*

Terminada la cosecha, chicos descalzos invaden
los almendros, cetros de miseria
las largas cañas cimbreantes.
Sus ojos agudos
pasan entre las ramas, descubren
la desnuda almendra abandonada.
Escucho el golpe de las cañas,
el leve ruido sobre los terrones:
sonidos del verano que muere,
del otoño de las lluvias y de los pobres.

***
Leonardo Sciascia (Racalmuto, 1921-Palermo, 1989)
Versiones de Jorge Aulicino

~

La Sicilia, il suo cuore

*

Come Chagall, vorrei cogliere questa terra
dentro l’immobile occhio del bue.
Non un lento carosello di immagini,
una raggiera di nostalgie: soltanto
queste nuvole accagliate,
i corvi che discendono lenti;
e le stoppie bruciate, i radi alberi,
che s’incidono come filigrane.
Un miope specchio di pena, un greve destino
di piogge: tanto lontana è l’estate
che qui distese la sua calda nudità
squamosa di luce – e tanto diverso
l’annuncio dell’autunno,
senza le voci della vendemmia.
Il silenzio è vorace sulle cose.
S’incrina, se il flauto di canna
tenta vena di suono: e una fonda paura dirama.
Gli antichi a questa luce non risero,
strozzata dalle nuvole, che geme
sui prati stenti, sui greti aspri,
nell’occhio melmoso delle fonti;
le ninfe inseguite
qui non si nascosero agli dèi; gli alberi
non nutrirono frutti agli eroi.
Qui la Sicilia ascolta la sua vita.

~

Fine dell'estate

*

Dopo la raccolta, ragazzi scalzi invadono
i mandorleti: scettri di miseria
le lunghe canne tentennanti.
I loro occhi acuti
s’incrunano tra le rame, scoprono
la nuda mandorla lasciata.
Mi giunge il picchio delle canne,
il lieve tonfo sulla zolla: suoni
dell’estate che muore, dell’autunno
delle piogge e dei poveri.

jueves, 12 de enero de 2023

simone brantes / dos poemas









Si no viajaste en las vacaciones
y te quedaste escribiendo en casa
después sentirás que es como si hubieses viajado
si escribiste y te gustó escribir
aunque te haya pesado
la casa vacía (pues todos a diferencia tuya
viajaron), el calor, el barullo de la calle,
del bar donde todos los caminos del barrio
confluyen, el miedo a no dar abasto con la tarea
Si escribiste, si te
gustó escribir, si temiste
si gozaste, si el punto final
llegó sólo cuando era necesario
ahora mirás y sentís
que hiciste el viaje, el texto es aquel paisaje
distante que atravesaste
sin poder siquiera sacar un retrato

                   para Flávia Trocoli y Alberto Pucheu

~

Brote

*

Yo estaba en un brote. Y el brote se manifestaba así: la lengua 
había crecido dentro de la boca y no tenía control sobre ella. 
Tanto se podía doblar hacia la garganta causando la horrorosa 
sensación de asfixia cuanto avanzar y salir por la boca. El hecho 
es que no conseguía usarla para expresarme y eso repercutía 
no sólo en las palabras, también en los gestos (como si fuesen 
concebidos y ejecutados dentro de la boca) atropellados, 
emperrados. La sensación era horrible y no entendí como no 
me desperté gritando, como sólo fui recordando el sueño a lo 
largo de la mañana. Ya estaba en camino al mercado cuando, 
acompañada de algunos fragmentos de ese sueño, me crucé 
con una moto vieja y desplumada que ostentaba en el motor 
un adhesivo brillante con el siguiente dicho: “Dé vacaciones 
a su lengua. Use la cabeza”. 

***
Simone Brantes (Nova Friburgo, 1963)
Versiones de Agustina Roca

/

Se você não viajou nas férias
mas ficou escrevendo em casa
depois você vai ver é como se tivesse viajado
se você escreveu e gostou de escrever
mesmo que sobre você tenha pesado
a casa vazia (pois todos ao contrário de você
viajaram), o calor, o barulho da rua,
do bar aonde todos os caminhos do bairro
vêm dar, o medo de não dar conta do recado
Se você escreveu, se você
gostou de escrever, se você temeu
se você gozou, se o ponto final
veio só quando era necessário
você agora olha e sente
que fez a viagem, o texto é aquela paisagem
distante que você atravessou
sem poder sequer tirar um retrato

                        para Flávia Trocoli y Alberto Pucheu

~

Surto

*

Eu estava em surto. E o surto se manifestava assim: dentro 
da boca a língua havia crescido e eu não tinha mais controle 
sobre ela. Tanto podia recuar na direção da garganta causando 
a horrorosa sensação de sufocamento quanto podia avançar 
e sair da boca. O fato é que não conseguia usá-la para me 
expressar e isso tornava não apenas as palavras, mas também 
os gestos (como se fossem concebidos e executados dentro 
da boca) engrolados, perros. A sensação era horrível e não 
entendi como não acordei gritando, como só ao longo da 
manhã fui me lembrando do sonho. Já estava a caminho do 
mercado quando, acompanhada de alguns fragmentos desse 
sonho, passei por uma moto velha e depenada que ostentava 
no motor um adesivo brilhante com o seguinte dizer: “Dê 
férias à sua língua. Use a cabeça”.

miércoles, 11 de enero de 2023

ernest hemingway / dos poemas













Campos de Honor

*

Los soldados nunca mueren bien:
las cruces marcan los lugares;
donde ellos cayeron hay cruces de madera;
un palo sobre sus caras.

Los soldados empujan y tosen y caen de cabeza,
todo el mundo grita en rojo y negro,
los soldados se sofocan en una trinchera y
se asfixian completamente durante el ataque.

~

Todos los ejércitos son Iguales

*

Todos los ejércitos son iguales
la publicidad es fama,
la artillería hace el mismo viejo ruido,
el valor es atributo de los muchachos,
los viejos soldados tienen los ojos cansados.
Todos los soldados escuchan las mismas viejas mentiras,
los cadáveres siempre han atraído a las moscas.

***
Ernest Hemingway (Oak Park, 1899-Idaho, 1961)
Versiones de Ana María Pantoja

martes, 10 de enero de 2023

vicente huidobro / de "temblor de cielo"













          Ante todo hay que saber cuántas veces debemos abandonar nuestra novia y huir de sexo en sexo hasta el fin de la tierra.
          Allí en donde el vacío pasa su arco de violín sobre el horizonte y el hombre se transforma en pájaro y el ángel en piedra preciosa.
          El Padre Eterno está fabricando tinieblas en su laboratorio y trabaja para volver sordos a los ciegos. Tiene un ojo en la mano y no sabe a quién ponérselo. Y en un bocal tiene una oreja en cópula con otro ojo.
          Estamos lejos, en el fin de los fines, en donde un hombre colgado por los pies de una estrella se balancea en el espacio con la cabeza hacia abajo. El viento que dobla los árboles, agita sus cabellos dulcemente.
          Los arroyos voladores se posan en las selvas nuevas donde los pájaros maldicen el amanecer de tanta flor inútil.
          Con cuánta razón ellos insultan las palpitaciones de esas cosas oscuras.
          Si se tratara solamente de degollar al capitán de las flores y hacerle sangrar el corazón del sentimiento superfluo, el corazón lleno de secretos y trozos de universo.
          La boca de un hombre amado sobre un tambor.
          Los senos de la niña inolvidable clavados en el mismo árbol donde los picotean los ruiseñores.
          Y la estatua del héroe en el polo.
          Destruirlo todo, todo, a bala y a cuchillo.
          Los ídolos se baten bajo el agua.
          —Isolda, Isolda, cuántos kilómetros nos separan, cuántos sexos entre tú y yo.
          Tú sabes bien que Dios arranca los ojos a las flores, pues su manía es la ceguera.
          Y transforma el espíritu en un paquete de plumas y transforma las novias sentadas sobre rosas en serpientes de pianola, en serpientes hermanas de la flauta, de la misma flauta que se besa en las noches de nieve y que las llama desde lejos.
          Pero tú no sabes por qué razón el mirlo despedaza el árbol entre sus dedos sangrientos.
          Y este es el misterio.
          Cuarenta días y cuarenta noches trepando de rama en rama como en el Diluvio. Cuarenta días y cuarenta noches de misterio entre rocas y picachos.
          Yo podría caerme de destino en destino, pero siempre guardaré el recuerdo del cielo.
          ¿Conoces las visiones de la altura? ¿Has visto el corazón de la luz? Yo me convierto a veces en una selva inmensa y recorro los mundos como un ejército.
          Mira la entrada de los ríos.
          El mar puede apenas ser mi teatro en ciertas tardes.
          La calle de los sueños no tiene árboles, ni una mujer crucificada en una flor, ni un barco pasando las páginas del mar.
          La calle de los sueños tiene un ombligo inmenso de donde asoma una botella. Adentro de la botella hay un obispo muerto. El obispo cambia de colores cada vez que se mueve la botella.
          Hay cuatro velas que se encienden y se apagan siguiendo un turno sucesivo. A veces un relámpago nos hace ver en el cielo una mujer despedazada que viene cayendo desde hace ciento cuarenta años.
          El cielo esconde su misterio.
          En todas las escalas se supone un asesino escondido. Los cantores cardíacos mueren sólo de pensar en ello.
          Así las mariposas enfermizas volverán a su estado de gusanos del cual no debían haber salido nunca. El oído recaerá en infancia y se llenará de ecos marinos y de esas algas que flotan en los ojos de ciertos pájaros.
          Solamente Isolda conoce el misterio. Pero ella recorre el arco-iris con sus dedos temblorosos en busca de un sonido especial.
          Y si un mirlo le picotea el ojo ella le deja beber toda el agua que quiera con la misma sonrisa que atrae los rebaños de búfalos.
          ¿Sobre qué corazón hinchado de amargura podrías flotar tú en todos los océanos, en cualquier mar?
          Porque debes saber que aferrarse a un corazón como a una boya es peligroso a causa de las grutas marinas que los atraen y en donde los pulpos que son nudos de serpientes o trompas de elefantes les cierran la salida para siempre.
          Date cuenta de lo que es una montaña con los brazos levantados pidiendo perdón y piensa que es menos peligrosa que los mares y más asequible a la amistad.
          Sin embargo tu destino es amar lo peligroso, lo peligroso que hay en ti y fuera de ti, besar los labios del abismo contando con ayudas tenebrosas para el triunfo final de todas tus empresas y tus sueños cubiertos de rocío en el amanecer.
          De lo contrario agradece y retírate hasta el fondo de la memoria de los hombres.
          —Isolda, Isolda, en la época glacial los osos eran flores. Cuando vino el deshielo se libertaron de sí mismos y salieron corriendo en todas direcciones.
          Piensa en la resurrección.
          Sólo tú conoces el milagro. Tú has visto ejecutarse el milagro ante cien arpas maravilladas y todos los cañones apuntando al horizonte.
          Había entonces un desfile de marineros ante un rey en un país lejano. Las olas esperaban impacientes la vuelta de los suyos. Entretanto el mar aplaudía.
          El termómetro bajaba lentamente porque el mirlo había dejado de cantar y pensaba lanzarse de un trapecio al medio del mundo.
          Ahora sólo una cosa temo y es que tú salgas de una lámpara o de algún florero y me hables en términos elocuentes como hablan las magnolias en la tarde. El cuarto se llenaría de libélulas agonizantes y yo tendría que sentarme para no caer al suelo sin conocimiento.
          La muerte sería el pensamiento mismo. Reflejado en todas partes donde se vuelvan los ojos.
          Sobre el castillo el esqueleto del general hará señas como un semáforo. Nosotros contaremos las calaveras que se arrastran por el campo atadas a través de una cuerda interminable a la cola del caballo sonámbulo que nadie reconoce como suyo.
          Los esclavos negros aplaudirán sobre el vientre de las esclavas tan ebrias como ellos sin darse cuenta de que el viento es un fantasma y que los árboles allá lejos flotan sobre un cementerio.
          ¿Quién ha contado todos sus muertos?
          ¿Y si se abrieran todas las ventanas y si todas las lámparas se ponen a cantar y si se incendia el cementerio?
          Por cada pájaro del cielo habrá un cazador en la tierra.
          Sonarán los clarines y las banderas se convertirán en luces de bengala. Murió la fe, murieron todas las aves de rapiña que te roían el corazón.
          Pasan volando las estatuas migratorias.
          En la llanura inmensa se oye el suplicio de los ídolos entre los cantos de los árboles.
          Las flores huyen despavoridas.
          Se abren las puertas de una música desconocida y salen los años del mago que se queda sentado agonizando con las manos sobre el pecho.
          Cuántas cosas han muerto adentro de nosotros. Cuánta muerte llevamos en nosotros. ¿Por qué aferrarnos a nuestros muertos? ¿Por qué nos empeñamos en resucitar nuestros muertos? Ellos nos impiden ver la idea que nace. Tenemos miedo a la nueva luz que se presenta, a la que no estamos habituados todavía como a nuestros muertos inmóviles y sin sorpresa peligrosa. Hay que dejar lo muerto por lo que vive.
          —Isolda, entierra todos tus muertos.
          Piensa, recuerda, olvida. Que tu recuerdo olvide sus recuerdos, que tu olvido recuerde sus olvidos. Cuida de no morir antes de tu muerte.
          Cómo dar un poco de grandeza a esta bestia actual que sólo dobla sus rodillas de cansancio a esas altas horas en que la luna llega volando y se coloca al frente.
          Y, sin embargo, vivimos esperando un azar, la formación de un signo sideral en ese expiatorio más allá en donde no alcanza a llegar ni el sonido de nuestras campanas.
          Así, esperando el gran azar.
          Que el polo norte se desprenda como el sombrero que saluda.
          Que surja el continente que estamos aguardando desde hace tantos años, aquí sentados detrás de las rejas del horizonte.
          Que pase corriendo el asesino disparando balazos sin control a sus perseguidores.
          Que se sepa por qué nació aquella niña y no el niño prometido por los sueños y anunciado tantas veces.
          Que se vea el cadáver que bosteza y se estira debajo de la tierra.
          Que se vea pasar el fantasma glorioso entre las arboledas del cielo.
          Que de repente se detengan todos los ríos a una voz de mando.
          Que el cielo cambie de lugar.
          Que los mares se amontonen en una gran pirámide más alta que todas las babeles soñadas por la ambición.
          Que sople un viento desesperado y apague las estrellas.
          Que un dedo luminoso escriba una palabra en el cielo de la noche.
          Que se derrumbe la casa de enfrente.
          Para esto vivimos, puedes creerme, para esto vivimos y no para otra cosa. Para esto tenemos voz y para esto tenemos una red en la voz.
          Y para esto tenemos ese correr angustiado adentro de las venas y ese galope de animal herido en el pecho.
          Para esto enrojece la carne martirizada de las palabras y crece el pensamiento regado por los ríos subterráneos. Para esto el aullido del sobresalto heredado del abuelo más trágico.
          Cortad la cabeza al monstruo que ruge en la puerta del sueño. Y luego que nadie prohíba nada.
          Alguien habla y nace una amapola en la cumbre de la voz antes que brille el opio de la mirada futura.
          —Paz en la tierra al marinero de la noche.
          Los exploradores silenciosos levantan la cabeza y la aventura se desnuda de su traje de oro.
          He aquí el sentido del ocaso.
          Acaso el ocaso nos haga caso y entonces habréis comprendido los signos de la noche. Habréis comprendido los inventos del silencio. La mirada del sueño. El umbral del abismo. El viaje de los montes.
          La travesía de la noche.
          Isolda, Isolda, yo sigo mi destino.
          ¿En dónde has escondido el oasis que me habías prometido tantas veces?
          La luz se cansó de andar.
          ¿A dónde lleva, dime, esa escalera que sale de tus ojos y se pierde en el aire?
          ¿Sabes tú que mi destino es andar? ¿Conoces la vanidad del explorador y el fantasma de la aventura?
          Es una cuestión de sangre y huesos frente a un imán especial. Es un destino irrevocable de meteoro fabuloso.
          No es una cuestión de amor en carne, es una cuestión de vida, una cuestión de espíritu viajante, de pájaro nómade.
          Todas esas mujeres son árboles o piedras de reposo en el camino tal vez innecesarias.
          Botellas de agua o toneles de embriaguez generalmente sin luz propia. Obedecen como las catedrales a un principio musical. Cada acorde tiene su correspondiente y todo consiste en saber tocar el punto del eco que ha de responder. Es fácil hacer tejidos de sones y construir una verdadera techumbre o magníficas cúpulas para los días de lluvia.
          Si el destino lo permite podemos guarecernos por un tiempo y contar los dedos de aquella que nos tiende los brazos.
          Luego el fantasma nos obligará a seguir la marcha. Saltaremos por encima de los senos palpitantes que son sus cúpulas porque ella tendida de espaldas imita un templo. Mejor dicho son los templos los que las imitan a ellas, con sus torres como senos, su cúpula central como cabeza y su puerta que quisiera imitar al sexo por donde se entra a buscar la vida que late en el vientre y por donde debe salir después la misma vida.
          Pero nosotros no hemos de aceptar semejante imitación, ni podemos creer en la tal vida. En esa vida que sale con los ojos vendados y va estrellándose en todos los árboles del paisaje. Sólo creeremos en las flores que son cunas de gigantes, aunque sabemos que adentro de cada capullo duerme un enano.
          Y al fondo las montañas de roca viva sonríen dulcemente.
          Las montañas sonríen porque un ciego se ha sentado encima de ellas a oír redoblar los tambores del volcán. Pero lo que pasa en los llanos es más importante aún pues los árboles del bosque se han convertido en serpientes y se debaten rítmicamente a causa de una flauta especial.
          Me olvidaba deciros que también hay un lago y que este lago se aleja según la dirección del viento. A veces llega hasta a perderse de vista, a veces pasa largos años ausente y vuelve de otro color. A veces tiene hambre y maldice a los hombres que no naufragan a la hora debida. Otras veces camina en cuatro patas y roe durante horas y horas los despojos de tanta tragedia acumulados en sus orillas o los reflejos de quién sabe qué tiempos secretos.
          Si el pájaro del ojo se cae en el lago salta un geyser en la montaña. Un geyser hermoso como un árbol con una mujer que se equilibra en la punta.
          También el lago puede equilibrarse en la punta del árbol. Todo depende de mi voluntad y del tambor que redoble a tiempo.
          Todos esos espías escondidos tras los árboles no esperan el milagro como ellos quisieran hacer creer sino a la mujer desnuda y ciega que sale a pasear en las tardes su estatua perdida y puede estrellarse en ellos.
          Estás malgastando el tiempo.
          Mirad, mirad hay un incendio en la luna.
          Vestida de blanco Isolda venía como una nube. Entonces la luna empezó a caer envuelta en llamas. En las playas danzaba un reflejo de fuego.
          Los espectros salen uno a uno de cada ola que se levanta. Vosotros que estáis allí escondidos, llegó la hora de temblar ante la voracidad de la muerte.
          El sol poniente hace una aureola sobre la cabeza del último náufrago que flota a la deriva sin oír más los cantos de la orilla.
          Los lobos se pasean con los ojos brillantes entre las ramas de la noche, enlazados estrechamente y llorando sin causa precisa.
          El hombre aquel, más grande que los otros, abre la boca en medio del jardín y empieza a tragar luciérnagas durante horas enteras.
          Los árboles están retorcidos a causa de un dolor extraño. Y una cantidad de meteoros que caen del cielo forman espirales en la atmósfera nuestra como si fueran piedras en el agua.
          Un humo espeso sale de todos lados. Ahora sólo brillan los ojos de los lobos y el hombre lleno de luciérnagas. Todo lo demás es penumbra.
          La montaña abre sus puertas y el ciego entra con los brazos extendidos.
          Hay un árbol, un árbol grueso que se retuerce en el fuego del crepúsculo.
          Arriba Dios está meciendo un planeta recién nacido.
          Caen aureolas sobre la tierra. Una detrás de otra van cayendo cientos de aureolas sobre la tierra, algunas sobre ciertas cabezas . . . ¿Y nada más?
          Una isla de palmeras surge del mar para los novios que se pasean enlazados.
          Algún día uno de ellos encontrará la cabeza que se le había perdido, inmóvil en el mismo sitio en que la perdiera.
          ¿Cuándo? ¿En dónde? ¿Cuál de ellos?
          He ahí el suplicio, Isolda, detrás de la montaña. He allí el suplicio.
          Las selvas migratorias no llegarán tan lejos.
          Hay una sandalia sola en medio de la tierra.
          La marcha de las tardes que pasan se siente en el fondo del mar. En el momento este en que todo se torna brillante de ebriedad.
          Hay un sombrero más allá a la altura de una cabeza.
          Hay un bastón clavado en el suelo y a la altura de una mano.
          Y no hay nada más. Porque ninguno de vosotros puede ver el fantasma que sonríe al perro en este instante.
          Ninguno sabe por qué se movieron las cortinas detrás de la cama.
          Ni por qué se sonrojaron las mejillas de Isolda como dos cortinas que se corren.
          Y por qué temblaron sus piernas como dos cortinas que se abren.

***
Vicente Huidobro (Santiago de Chile, 1893-Cartagena, 1948) Altazor / Temblor de cielo. Edición de René de Costa. Madrid: Cátedra, 2008 [1931].

lunes, 9 de enero de 2023

franco arminio / de "el cuidado de la mirada"










Autocertificación

*

Tiemblo de miedo desde cuando nací
y el temblor no es domesticado.
Me iré sin patrones,
sin socios en la astucia.
Estoy aquí con los hilos todos descubiertos,
escribo y vivo en una hermosa vista,
pertenezco a pequeños asuntos
al viento y a la nieve de mi pueblo.
Soy y seré siempre hermano
de los inquietos, de los inciertos.
Ninguno me salvará
y yo no salvaré a ninguno,
pero es hermoso ser libres y apasionados,
abiertos al soplo de cada cosa:
el alma no es otra cosa
que una rosa.

~

LOS ERRORES. A menudo somos víctimas de los errores. De nuestra parte y de parte de los otros. Podemos pasar tanto tiempo acusando, acusándonos. No es un tiempo bien empleado. Debemos considerar que en el error hay una energía de la reparación. Y va usada toda. Sin el error no habría existido esa energía. Tal parece ser que la vida casi para avanzar necesitaría del empujón del error. Y si pensabas haber dado lo mejor en una cierta tarea, te das cuenta que tras el error te vino un cuidado mayor, un clamor que dilata la vista y te deja ver el pelaje que está en cada segundo, el clamor que resiste también en los silencios más grandes. No debes bendecir a los errores, no los debes buscar. Simplemente cuando vienen debes recogerte y volcarte a un trabajo bueno, para ti mismo o para los demás. Los errores no quieren enseñarte nada y no puedes enseñar nada a los demás. Quien te enseña algo es el tiempo que pasa. A ciertos errores, diez años atrás, los habría usado de un modo peor. El tiempo que pasa te ayuda a entender que la vida se mueve en desorden y, a veces, puedes encontrarte en medio del desorden o puedes ser quien lo produzca. Si lo piensas, llegarán las fuerzas para limpiar de nuevo, para hacer el bien que todavía no has hecho. 

~

Los milagros

*

Cuando ningún ser humano
te busca
acaricia un árbol
bebe de una fuente
mira las cosas que están en el mundo
como si tu mirada pudiese salvarles.
Sal, camina
recuerda que antes de morir
puedes hacer cosas imposibles,
impensadas.
Los milagros han vuelto.

~

EL CUIDADO DE LA MIRADA. El cuidado que propongo es el cuidado de la mirada. Estoy convencido que muchas enfermedades entran por los ojos y a través de las palabras. Las cosas que han sido dichas, las miradas que hemos sufrido son, igualmente, agentes patógenos externos poderosos que pueden transitar por el aire o la comida. No estamos en un lugar por derecho propio, pertenecemos a la comunidad de todas las presencias, aquellas visibles y aquellas invisibles. Se puede desconocer la física cuántica, se puede desconocer la química, pero nosotros estamos antes que cualquier trozo de naturaleza, somos apariciones misteriosas, y el misterio también tiene relación con nuestra ausencia del mundo. 
    Al punto que hemos llegado, debemos reconocer una cosa: somos demasiados y demasiado invasores respecto a las demás criaturas del planeta. Nuestro modo de procurarnos el alimento tiene rasgos ampliamente inhumanos: es necesario cambiar inmediatamente nuestros hábitos y discutir con quien no quiere hacerlo. No se puede decir que comer tanta carne y producir armas sean altas conquistas de civilización. Si queremos estar juntos en la casa del mundo, no podemos dar por descontado que un gerente deba ganar quinientas veces más que un obrero. Si queremos poner la salud de las personas al centro del nuevo mundo, entonces debemos librar una batalla seria contra la contaminación de la tierra, del aire y del agua, contra la concentración urbana y el desierto rural.
    Pero este cuidado al escenario del planeta debe estar acompañado de una revolución en el modo de percibir y percibirse. Un ser humano debe ser un espacio sin límites, capaz de confiar en una mariposa y en un agujero negro. Si en los próximos decenios no construimos un mundo de personas que amen leer, que amen escuchar, que sepan amar las diferencias entre los lugares y las criaturas, quiere decir que ya habremos caído en una suerte de fascismo global donde no tendremos un guía, sino miles de individuos en camisa negra, listos para cazar a los distraídos, a los soñadores que no respetan las reglas.

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CARTAS DE AMOR. La encuentro cada día en un bar. A las seis de la tarde, la hora en que a esta pequeña ciudad llega la niebla y que la acompaña hasta las primeras horas del día. Hablamos de los deseos que no hemos cumplido, solo de esto. Ella me dice los suyos y yo los míos. Ella parece venir desde bosques cerrados. Ninguna señal de actualidad cuelga de las mejillas de su rostro. Fuera del mundo ha casi acabado de esperar. Ella bebe su té y yo mi chocolate.
    La realidad es un cerco inflexible, lo sé, pero encontrar una mujer no es para mí ordenarme, sino romper el cerco. Ella me saluda cada vez con un besito en la boca cerrada y con esta frase: no agrandes las promesas que nos estamos haciendo.
    Hay seres que tienen una punta fina, no pueden hacer lo que quieran con sus cuerpos, sino que en el entorno a sus cuerpos. La veo para mirarla. El amor es, antes que nada, hacer un buen cine, grabar las escenas memorables. Miro si todavía puede provocarme algún deseo inédito, miro porque el deseo se manifiesta siempre con una escena, se compone siempre en un cuadro. A veces no hablamos. Ella escribe cualquier cosa para mí y yo escribo cualquier cosa para ella. Cartas de amor escritas con el cuerpo amado delante de nosotros. La espera por leerlas es hermosísima. 

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PARA HACER UN PUEBLO. Si queremos un pueblo debemos saber que para construir uno debes tener huesos y mucho aliento desperdiciado. No lo construyes con el turismo ni con el progreso. En este caso, haces un negocio, una habitación para adolescentes. Un pueblo es un lugar viejo, te nieva encima incluso en agosto, te vuelve solo e introvertido hasta en la más hermosa de las fiestas. En un pueblo no te das cuenta cuando eres feliz. Él tiene la tarea de no hacértelo notar, ni siquiera hacerte notar el bien que te llega; él te debe hacer pobre de miradas, te hace sentir como una mosca sobre una serpiente dormida. No estás en un pueblo si no estás varado, si no eres quien carga repetitivamente y que deja un peso por otro sin posar. Nadie en un pueblo está verdaderamente quieto, nadie reposa.

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CONTRA EL MIEDO. Las pasiones, aquellas íntimas, aquellas civiles, aumentan las defensas inmunitarias. Ser entusiasta por alguno o por cualquier cosa defiende contra muchas enfermedades.
    Estar callado cada cierto tiempo, mirar más que hablar.
    Entender que estamos sumergidos en el universo y que no podríamos vivir sin las plantas, aunque las plantas permanecerían en el mundo sin nosotros.
    Saber que la vida comercial no es la única vida posible, también existe la vida lírica.
    Hasta que tienes algo decisivo en tu vida resulta muy difícil que puedas morir. La muerte tiende a entrar en juego cuando, en cierto modo, ya le has aplanado el camino.
    Saber que el cuidado, antes que la medicina, viene de la forma que damos a nuestra vida. Para huir de la dictadura de la época y a sus males se necesita estar atentos, ser rápidos y ligeros, exactos y plurales.

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INVESTIGAR EL DOLOR. Yo estoy aquí para investigar el dolor, para hacerlo salir, para comerlo y luego escupirlo. La literatura es dolor comido y escupido, el resto son orquestitas, el resto no tiene la dignidad de un diálogo entre el vaso y su polvo, entre las tejas y el viento que intenta botarlas en el aire, entre la rama y el insecto. Nuestros asuntos no valen más que la manilla de una puerta ni más que el taco de un zapato abandonado. Las cosas son más gloriosas que nuestras palabras. Nosotros que hemos inventado diablos y santos, nosotros que tenemos la misma imaginación que un charco, el mismo impulso de un corcho, la misma sabiduría que un puñado de sal, la inteligencia de una ampolleta fundida. Las cosas son más gloriosas que nuestras palabras.

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Franco Arminio (Bisaccia, 1960) La cura dello sguardo. Nuova farmacia poetica. Firenze: Bompiani, 2020.
Versiones de Nicolás López-Pérez